El agua y mi regreso.

Los días siguientes a nuestra boda, pude disfrutar de explorar los maravillosos paisajes con mi familia. Hubo uno en especial, donde nos fuimos a un lago que está rodeado por montañas y el agua tiene fama de ser muy fría. Como fuimos entre semana, éramos los únicos en ese lugar, por lo que pudimos relajarnos sin tener prisa de nada, sólo de ganas de vivir ese momento. Con el aire helado, no me pasó por la cabeza meterme a nadar, pero mi hermano (que es mi opuesto complementario) se quitó la playera y animó a que nos echáramos un clavado desde el muelle. Alberto le siguió la idea, y juntos se aventaron a esas frías aguas. Yo estaba entre la ansiedad y las ganas, por un lado mi mente me advertía desde lo muy exagerado (hipotermia) hasta lo más leve (resfriado); pero había también esa emoción de aventura, de antojo, de querer hacerlo. Mi cuñado acabó por hacerlo también y los tres se veían bastante felices nadando.

Si hacía caso a la ansiedad entonces recordaría ese día como el momento donde observé nadar y reír a los demás, en vez de experimentarlo en primera persona. Me di cuenta que no quería y no sería una espectadora pasiva, así que me decidí a tirarme; pero cada vez que iba a hacerlo, no podía… era como si unas manos invisibles me devolvieran hacia la seguridad del muelle. No podía creer que tan pocos centímetros me separaban del agua y sin embargo me paralizaba. Me concentré en todo lo positivo que sabía que sería esa aventura y me dejé llevar por mi propio peso hacia el lago. Ya adentro, me di cuenta que el agua no estaba tan fría, que era más bien tibia, y que me sentía sumamente feliz. Ya adentro los 4, jugamos, bromeamos, nos sentíamos libres. Nada de escenarios ni remotamente parecidos a los miedos que imaginé.

De ahí nos fuimos a un pueblito que queda cerca para tomar café y comer algo. En el trayecto, mi hermano en un arranque de sinceridad me dijo “El que te aventaras con nosotros al lago…esa es la esencia de mi hermana que yo conozco y que andaba perdida, me da gusto que haya vuelto”. El quizá nunca sabrá el impacto profundo de sus palabras en mí. Lo recuerdo y me dan ganas de llorar, porque es cierto. Dejé tanto tiempo que mi verdadero yo se escondiera en pilas de nervios, estrés y miedo que empecé a perder contacto conmigo misma, volviéndome ese ser con temor al futuro. Cuando el verdadero miedo debería ser a no valorar el presente, a pasar con ojos cerrados los días. ¿De qué serviría vivir 100 años si al mirar atrás sólo recordamos de manera borrosa?

La experiencia humana sentida desde la seguridad de estar seco, no encuentra la misma satisfacción de cuando te sumerges en la vida.

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