La boda.

Mi corazón estaba lleno, la familia de Alberto y mía se habían llevado muy bien; lo poco que habíamos alcanzado a mostrarles les había dejado enamorados de la ciudad. Sobretodo a mi hermano quien siempre ha disfrutado estar en contacto con la naturaleza, pero que por vivir en una ciudad tan grande, poco podía darse ese gusto. Una noche antes de la boda, Alberto y yo parecíamos totalmente ajenos al estrés; nos pusimos a jugar videojuegos, escribimos ya de noche los votos matrimoniales, incluso nos trasnochamos un poco a pesar de las recomendaciones de todo el mundo por intentar que nos fuéramos a dormir temprano. Yo no quería ponerme a pensar en que desde las 6 am iba a tener que estar despierta para poder cumplir a tiempo con la agenda de bañarme e irme a maquillar y peinar.
Nos íbamos a casar sólo por el civil ya que la boda por la iglesia decidimos que queríamos hacerla en México para que pudieran ir todos mis familiares que no pudieron asistir en esa ocasión; eso me tenía un poco más tranquila.
En fin como dicen por ahí, “No hay plazo que no se cumpla” y de pronto ya era 23 de abril, yo me dirigía a la estética mientras Alberto se encargaba de acabar de afinar los detalles del salón de fiestas donde nos casaríamos y la celebración. Mi hermano me iba a entregar en el altar (porque mi papá no pudo ir) y cuando fuimos por él, todavía no estaba listo. Le marqué a Beto para preguntarle si llevaba los votos que habíamos escrito la noche anterior y me dijo que sí.
Intenté relajarme pero no podía, de pronto unas náuseas me invadieron; sentía el vestido apretado, mi mente estaba particularmente concentrada en lo que podía salir mal. Era una sensación tan compleja: me sentía sumamente feliz, sin embargo los nervios estaban haciendo que pasara un mal rato. ¿Y si me dolía el estómago mientras el juez hablaba? ¿Y si no ponían la marcha nupcial a tiempo? ¿Y si a Beto no le gustaba cómo me veía? ¿Y si la fiesta era mala y la gente se dedicaba a hablar de ello? ¿Y si la comida no era buena? ¿Y si a los familiares de mi futuro esposo que conocería ese día no aprobaban nuestra unión?

Todas esas dudas se arrojaban agresivamente a mi bienestar, pero si de algo estaba segura es que quería casarme. Cuando Alberto le llamó a mi cuñado para decirle que ya me llevara porque había llegado el juez, el malestar empeoró. Íbamos en el coche el hermano de Beto, mi hermano, mi mamá pero yo pero sentía como si estuviese en un auto sardina, me faltaba el aire. Mi mamá intentaba relajarme pero era inútil, lo peor para un ansioso es sentirse el centro de atención y ahí estaba yo a punto de ser observada por muchas personas desconocidas.

Entraron al lugar mi mamá y mi cuñado primero; mi hermano me dio su brazo para sostenerme de él mientras me decía que me tranquilizara, que todo iba a salir bien. Empezó la marcha nupcial, señal de que entráramos. Ahora bien, estoy completamente consciente que lo que voy a escribir puede sonar a cliché y pecar en lo cursi, pero cuando entré y vi a Alberto esperándome del otro lado del pasillo, todos los nervios se fueron por completo. Las rostros que me analizaban desaparecieron, así como los miedos, el malestar. Verlo mirándome como lo hacía me hizo dar cuenta que nada podía salir mal, o más bien, que ya no me importaba si eso pasaba. Supe que lo único que quería era casarme con ese hombre, que había soñado ese momento por muchísimos años y que desde que lo conocí he pedido con todo mi corazón poder vivir toda mi vida a su lado. Caminé con la única emoción que podía sentir: la felicidad y la certeza de seguir el deseo más profundo de mi alma.

Cuando el juez terminó y nos dijo que dijo que podíamos decir ya los votos matrimoniales, Alberto empezó con los suyos. Cuando tocó mi turno le pedí que me los diera para poder leerlos. Me miró extrañado y me confesó que él que cuando yo le pregunté si los llevaba pensó que me refería a los suyos. ¿Entonces no traes los míos? Le pregunté preocupada y con la ansiedad tocando fuertemente a la puerta. Me contestó que no, preocupado. Todos estaban esperando que hablara y podía sentir la presión de sus miradas. Respiré y (de nuevo puede que caiga en lo cursi) simplemente me concentré en él, en lo que me hacía sentir estar con él. Y eso fue lo que dije: todo lo que él representa en mi vida, y lo bien que me hace estar con él… me sorprendió lo bien y fluido que salió. Todos me felicitaron por haber dicho tan bonitas palabras, pero no era ningún mérito, realmente sólo pronunciaba lo que dictaba mi corazón.

Bailamos, comimos, nos embriagamos, reímos, y los demás junto con nosotros. Era domingo y sin embargo terminamos a las casi 4 de la mañana. La atmósfera era tan agradable, dichosa y divertida que a la mayoría no le importó desvelarse. Casi podía escuchar a mi niña interior dándome las gracias por haberle dado este regalo tan grande, y a mi yo adulto reconciliarse con la vida. Por fin era esposa del único hombre que podía callar las voces del miedo.

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