Cuando lo enterrado busca la manera de salir.

A dos semanas de nuestra boda, intentábamos relajarnos para ese gran día; yo no podía creer que en unos cuantos días más vería a mi mamá y hermano después de tantos meses de no tenerlos conmigo. Una tarde de aquellas, la mamá de Beto nos había pedido ayudarla con unas manualidades que necesitaba llevar a una casa hogar, así que nos pusimos manos a la obra para repartirnos qué iba a hacer cada uno. Yo había sentido malestar de nervios desde que me había despertado, así que no había podido comer bien y la cabeza me había estado doliendo. Me tomé unas pastillas y traté de concentrarme en lo que estaba haciendo. Me levanté de la silla para poder ver cómo iba quedándonos todo, y fue como si me apagaran las luces: nausea súbita, todo se puso brillante, debilidad en mis piernas, y sentí (como nunca antes) como si me fuera a desmayar. Como pude me agarré de la mesa y me recosté en el suelo, pero seguía sintiendo que se me iba la conciencia.

La mente acelerada como siempre, se puso a recordar todos los posibles escenarios trágicos: ¿Y si me muero justo antes de casarme con el amor de mi vida? ¿Por qué ahorita que por fin estoy donde siempre he querido estar? y un largo etc. Ahora que lo pienso, sinceramente me parece cómico todo lo que pasa por la cabeza cuando no aprendemos a poner un freno; aunque claro, en el momento de gracioso no tiene nada, y lo único por lo que uno se esfuerza es en “sobrevivir”.

Le pedí a Beto que me trajera un poco de coca cola con un plátano, para ver si eso me hacía reanimar, pensando que probablemente eso podría ayudarme si se me había bajado la presión. Él corrió, me consiguió lo que necesitaba y empecé a sentirme lo suficientemente mejor para levantarme del piso. Lo que siguió a ese momento fue una mezcla de ansiedad con tristeza y me encerré en una habitación. Me sentía decepcionada que todavía hubiera situaciones en que no supiera manejar esas reacciones de mi cuerpo cuando tenía miedo. Afortunadamente, recordé que una de las lecciones de “Vive sin Ansiedad” es tenerse mucha paciencia, sobre todo cuando hay recaída. Ahora podía ver a qué se refería, yo pensaba que al sentirme más fuerte iba a ser difícil volver a tener síntomas de descontrol en episodios de miedo, pero la realidad es que en el proceso de sanación lo más importante es precisamente no darse por vencido, ni sentir que se perdió el avance cuando eso sucede. Me permití llorar y sentir todo lo que había querido reprimir hasta ese momento: estaba tan feliz desde mi viaje, que no le había permitido a mi cuerpo hacerme ver que también se sentía nervioso por tantos cambios de golpe, todas esas nuevas experiencias que mi mente quería digerir y yo no le había dado tiempo de hacerlo.

Mi suegra entró al cuarto y me pidió que le contara todo lo que quería desahogar. A cada inquietud que yo le confesaba, ella me daba una solución. Me hizo tomar consciencia de la importancia de ir resolviendo cada situación como se fuera presentando, ya que no iba a poder resolver todo al mismo tiempo. Ella quizá nunca sabrá cuánto me ayudaron sus palabras y su fe en que todo saldría bien; volví a acordarme de los pilares para llevártela bien con la ansiedad: no te pre-ocupes, ocúpate.

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