La lección que vino con un mosquito.

Parecía que estaba siendo probada para ver cuánto podía aplicar todo lo que había aprendido sobre la ansiedad y cómo tratarla, ya que apenas salía de un episodio complejo y llegaba otro.

Como en el Valle es clima muy cálido, empecé a padecer de las muchas picaduras que me dejaban los mosquitos; era ya un punto insoportable donde cualquier parte de mi piel que viesen disponible, era objetivo para ser picada. Eso me tenía harta, así que un día de Abril le dije a Beto que necesitaba comprar un buen repelente. Antes de salir de cualquier lugar siempre reviso 3 cosas en mi bolso: billetera, llaves y celular; así que una vez que comprobé que llevaba todo, salimos a un supermercado que queda a unas cuantas cuadras de donde vivimos. Cuando ya estábamos en la caja, al momento  de meter mi mano para sacar la billetera, no pude sentirla. Sentí un latigazo frío en la espalda, abri la bolsa deseando que todo se debiera a que no había buscado bien: no estaba, me la habían sacado. “No está, me la robaron…” dije con un hilo de voz. Alberto trató de tranquilizarme diciéndome que probablemente se había quedado en la casa, que fueramos a revisar, que seguro ahí estaría. Yo asentí, pero muy en el fondo sabía que yo sí había salido con todo listo. Camino a la casa, recordé qué es lo que llevaba en esa cartera: mi tarjeta de débito con todos mis ahorros, mi identificación de México, mi VISA de EUA, mi cédula profesional, mi licencia de conducir permanente…casi todo (por suerte el pasaporte lo había dejado en la casa). Sentí que se me bloqueaba la respiración, sabía que estaba a un paso del ataque de pánico, el corazón estaba como loco, la cabeza me daba muchas vueltas, quería llorar, gritar, regresar el tiempo.

Cuando llegamos recorrí todos los lugares de la casa, no había nada. Tuve que “hacerme bolita” un momento porque sentía que el nivel de estrés que estaba sintiendo podía acabar en algo muy serio. Hice ejercicios de respiración aprovechando que Beto había vuelto a ese lugar para preguntar si había alguna cartera encontrada en servicio al cliente. Hablé con mi mamá, reaccionó igual que yo, pero al escucharme tan mal, decidió mejor darme soluciones; me dijo que lo primordial era reportar la tarjeta al banco y que de todo lo demás ella podía ayudarme a investigar desde allá cómo reponer los demás.

Tomé el teléfono y fue una odisea porque la operadora telefónica me explicó que tenía que ir a México para solicitar la reposición de tarjeta, la otra opción era que me llegara al domicilio (mexicano) lo cuál era lo más viable. La fecha de llegada de la tarjeta apenas ajustaba antes de que mi mamá viajara a Colombia, así que necesitaba toda la suerte del mundo para que llegase a tiempo para que ella pudiese alcanzar a traérmela.

Levanté la denuncia y los siguientes días intenté por todos los medios comunicarme con la embajada de Estados Unidos y Mexicana para ver cómo reportar mi VISA, sin éxito; traté tantas veces que acabé por dejar de hacerlo.
Una lección que estaba aprendiendo a la fuerza era darme cuenta cómo la vida seguía sin problema alguno, cómo el perder todo aquello que consideraba “importantísimo” me demostró que en realidad no pasaba de ser algo material sustituible, así como reflexionar sobre cuánto peso le damos a veces a lo material, ocasionándonos niveles de estrés que nos pueden llegar a enfermar; y si eso llegase a suceder… la salud no puede ser reemplazada con algo más.

 

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