El Valle…

Ya instalados en una de las calles céntricas de Bogotá, me puse a acomodar las maletas y en la noche Beto me presentó con Dani, el amigo que le rentaba el departamento. Fue muy agradable conversar con él y contarle algunas cosas sobre mi país. Los días siguientes estuvieron llenos de salidas a los lugares típicos, y a restaurantes cercanos de donde vivíamos. Me estaba divirtiendo mucho, hace años no me sentía tan relajada y feliz; sabía que tenía mucho que hacer, pero estaba a la vez consciente de que no podía conseguir trabajo ni papeles hasta que me casara y sacara los respectivos permisos.

Un par de semanas después, empezó a rondar por mi mente el qué pasaría si tuviera alguna necesidad médica ¿Me atenderían? ¿Me pedirían algún tipo de permiso para internarme?. Una noche mientras Beto y yo veíamos una película, un dolor pequeño pero agudo me dio en la parte inferior derecha del abdomen. La ansiedad se disparó ¿Y si es apendicitis? ¿Y si es algo que necesite operación? ¿Y si tenía que haber sacado algún tipo de seguro médico en México antes de irme a Colombia? El dolor se hizo más fuerte con tanta pensadera y mi respiración se volvió agitada; mi mente empezó a traer otras cosas que no tenían nada que ver, como el hecho de que si me sucedía algo mi familia estaba muy lejos o que si resultaba en algo urgente no teníamos un carro propio para llevarme al hospital.

Empecé de nuevo a sentir ese familiar miedo de que algo terrible ocurriese y me puse a investigar en internet (pésima idea). Sin embargo, para mi buena suerte todo señalaba a que era algo inofensivo; momentos después el dolor cesó y con él, el arranque de ansiedad. Me di cuenta (por más obvio que parezca a veces no estamos consientes de esto) que el estado mental te acompaña a donde quiera que estés, por más feliz que seas. Los pensamientos deben elegirse con mucho cuidado, no por un par de días o meses, sino toda la vida. Fue una lección dura pero muy necesaria el saber que no podía descuidar jamás mi mente, ya que si bajaba la guardia, la ansiedad estaría ahí para recordarme no hacerlo.

A las tres semanas de estar en Bogotá, decidimos realizar el viaje a Valle del Cauca, para que yo pudiera conocer a la familia de Alberto. Sería un viaje en autobús que duraría 8 horas, por una carretera que pasa por la montaña. A veces uno no tiene ganas de estar lidiando con pensamientos preocupantes, así que antes de partir me tomé un Dramamine, y afortunadamente me hizo efecto casi todo el recorrido.

Cuando llegamos, me cayó de golpe el darme cuenta lo que estaba por venir: la preparación de la boda, el tener menos de un mes para prepararla (por el vencimiento de mi acta civil), todos los trámites para residir aquí, conocer a la familia y amigos de mi futuro esposo, acoplarme a un lugar totalmente distinto a Bogotá, etc.  Presentía que iba a tener varios encuentros con esa vieja amiga, con la ansiedad…y no estaba equivocada.

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