Desde sus ojos.

Antes de seguir con mi viaje con la ansiedad desde mi perspectiva,  invité a Alberto a que contara cómo ha sido convivir con alguien que tiene estos trastonos; ya que la persona que los tiene, no es la única que los padece.


 

Hola, soy Beto y quiero aprovechar la oportunidad que me han dado en este espacio para compartir cómo ha sido mi experiencia con Jordana desde que supe que sufría de ansiedad.

Cuando Jordana me contó por primera vez de la ansiedad a inicios del 2016, pensé en lo que la mayoría de las personas pensaría y le diría a alguien ansioso: “Respira, piensa en otra cosa” “No le hagas caso a tu mente”, ”Eres la dueña de tu mente, aprende a dominarla”, “Lo que te hace falta es salir a caminar, a hacer ejercicio y quemar toda esa energía negativa”.

En ese tiempo hablábamos por llamadas telefónicas o video llamadas, pues ella estaba en México, yo podía entender lo que estaba sufriendo e imaginar solo hasta cierto punto, hasta que me contó que no era solo unas “ansias”; sino que ya había llegado a tener ataques de pánico. Entendí que mis “recomendaciones” no estaban siendo efectivas y supe que lo mejor era saber escucharla, así como aprender con ella que la ansiedad es un mundo completamente aparte e incomprendido.

Cuando fui a México a visitarla y pude ver en persona cómo era un ataque de ansiedad, se me abrieron los ojos. Verla agotada, con la mirada perdida como si se le hubiera escapado toda la energía del cuerpo, fue muy fuerte para mí.
Yo quería seguir riendo y hablando de otras cosas, me imaginaba que si la distraía podía ayudarla, pero no era así de sencillo, ella me tuvo paciencia, me explicó que esa vez había sido un ataque de ansiedad “suave”, y ahí fue cuando realmente comprendí plenamente lo que significaba para ella vivir con eso día con día.

En los días posteriores, cuando volvía a darme cuenta que ella estaba con ansiedad, algo me decía que lo mejor era abrazarla fuerte y apretarla, mimarla, si me nacía algún recuerdo bonito que contarle lo hacía; no quería forzar nada, ni darle consejos que yo sabía que ella se sabía ya de memoria. Lo mejor era acompañarla todo el tiempo que necesitara para recuperarse, no importaba si no entrábamos a algún lugar al que ella me quería llevar (porque la ansiedad se lo impedía), o si perdíamos el ticket a algún evento o museo; ya que lo primero era su salud, no hacerle preguntas ni hablar de las “molestias” que causaba la ansiedad. Así me fui dando cuenta que podía ayudarla poco a poco y yo seguía aprendiendo lecciones muy valiosas acerca de lo delicada y poderosa que puede ser la mente humana.

 

 

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