El gran día.

Un día antes del vuelo, mi primas y un amigo de ellas me invitaron a una pequeña despedida en su casa. Yo no quería desvelarme mucho porque tenía que estar en el aeropuerto a las 6 am, pero lo vi como una oportunidad para no tener que estar pensando en el vuelo. Cuando llegué, me estaban esperando con una botella de ron, pero yo no quería beber porque si lo hacía ya no iba a poder tomarme el dramamine para el viaje.

Conforme las horas transcurrieron acepté unos tragos, los cuales me relajaron bastante y pude sincerarme bastante para contarles cómo me sentía. Perdí la noción del tiempo y mi mamá me marcó para decirme que debía volver, ya que sólo tenía unas horas para poder dormir.
Cuando llegué a mi casa me pegó duro la melancolía, vi mi cuarto con otros ojos, se presentaron ante mí los recuerdos uno por uno, y comprendí que era mi último día en en el que había sido mi hogar. Lloré mucho, así que intenté recordar que quedarme por miedo a extrañarlo todo sería peor.

Al día siguiente llegando al aeropuerto pude experimentar todas las emociones que se iban presentando de un momento a otro. Estaba aterrada por saber que en unas horas volaría, a la vez sumamente triste porque no quería dejar a mi familia, sorprendida porque fueron dos de mis mejores amigos a despedirme, emocionada porque el amor de mi vida me esperaba ya en su país. No podía desayunar, tenía el estómago cerrado y empezó a preocuparme que no podría tomar el dramamine. Iba a tener que enfrentar la ansiedad del vuelo totalmente consciente. Cuando llamaron a que abordara, al abrazar a mi familia sentí toda esa tristeza guardada y pude llorar todo aquello que se había acumulado en mi corazón, les repetí que era un hasta pronto.
Una vez sola, me llegó la ansiedad con fuerza ya que necesitaba encontrar la sala y no la podía hallar; pregunté cuál era y me mandaron a un extremo del aeropuerto sólo para decirme que se había movido al otro extremo. 15 minutos para que saliera el avión y yo seguía corriendo de un lado a otro, mi corazón estaba vuelto loco. Una vez que llegué a la sala correspondiente, dieron aviso que había un retraso en el vuelo de 15 minutos. Respiré profundo y le marqué a mi papá, intentando relajarme. Poco después, dieron aviso para abordar, cuando estaba ya sentada (junto a la ventana para no sentir encierro) me di cuenta que había olvidado mi almohada, estaba frustrada, las cosas estaban saliendo de manera un poco estresantes.

Tenía mi playlist preparada para al menos sumergirme en mis canciones favoritas, y el avión comenzó a moverse “carajo, por qué tuve que beber ayer, quiero el dramamine, no quiero experimentar el vuelo…” pensaba repetidamente. Traté de recordar todos esos videos de youtube, y empecé a visualizar a esos pilotos relajados. Puse “play” y el avión empezó a despegar. Intenté dormir pero la adrenalina me tenía muy despierta, en las pequeñas turbulencias que hubo cerraba los ojos recordando que todo estaba controlado en cabina. Íbamos a la mitad del viaje cuando empezó una canción que no me acordaba de haberla agregado…“Por ti volaré, espera, que llegaré, mi fin de trayecto eres tú…para vivirlo los dos, por ti volaré, por cielos y mares…hasta tu amor. Abriendo los ojos por fin, contigo yo viviré….” sentí la letra de esa canción palabra por palabra y dejé de sentir angustia. Sí, por Alberto abordaría todos los aviones que fueran necesarios y superaría todos los miedos que existieran, sentí valentía.

El señor que iba de mi lado empezó a hacerme plática. Yo no quería platicar, quería seguir concentrada en la música, pero no podía ser descortés, así que le presté atención. Mientras él hablaba, el avión tuvo un par de movimientos hacia abajo que hicieron que mi estómago se revolviera, la ansiedad llegó de nuevo con las típicas preguntas de “¿Y si se cae?” ‘¿Si hay algún problema?, podía percibir que mi rostro se ponía rígido pero le hice frente a cada una de esas dudas respondiendo como un mantra “Estoy en el medio de transporte más seguro del mundo” y continué así hasta que el piloto anunció que nos preparáramos para aterrizar. Yo estaba tan feliz de por fin terminar esa situación, que me dediqué a ver por la ventana nuestra entrada a Bogotá, el pobre de mi vecino de asiento se quejaba de que se estaba mareando, pero yo estaba radiante de felicidad. Habíamos llegado y la persona que me esperaba en ese lugar valía la pena todo. Por fin pude subirme a un avión y encarar una de mis fobias más grandes, la cual me permitió ganar una de las guerras más fuertes de ansiedad y controlar el pánico. Mi mente celebraba esa victoria con oleadas de serotonina. Aterrizamos, sonó mi celular y era un mensaje de Beto “Ya estoy aquí…”,

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