Un bar de dudas.

Las fiestas de diciembre pasaron de una manera muy especial, el hecho de saber que pronto me iría me hizo apreciar aún más cada instante que vivía con mi familia. Veía todo de otra manera, las calles, la comida, la gente, los lugares. La melancolía también aparecía de vez en cuando, pero mi emoción era más grande. Recuerdo esos últimos días del año como perfectos, no hubo ansiedad ni otras visitas que mermaran la felicidad que sentía.

En Enero, tuve la oportunidad de salir con una amiga muy cercana y sus amigos, fuimos a un bar que estaba lleno de gente y con poca luz, lo cual me hizo pensar lo mal que me hubiera puesto en otros tiempos y que en ese momento ya no me causaba malestar. Sonreí y me felicité en pensamiento, cada avance era digno de reconocerse.
Charlamos alegremente hasta que pasó lo que me imaginé que sucedería: ella les comentó de mis planes y todos comenzaron a opinar. “¿Qué, estas loca? ¿Y qué vas a hacer allá? ¿Realmente estás segura? ¿No tienes permiso de residir allá, o sí? ¿Pero por qué allá, si aquí estamos mejor? ¿En serio piensas dejarlo todo por irte sin permisos y sin trabajo?, “¿Y si no funciona?”. Me abrumaron y erróneamente empecé a permitir que esas dudas llegaran hasta mi mente, hasta que me lo empecé a preguntar yo misma. La ansiedad empezaba a abrazarme, a hacerme saber que estaba de nuevo mi mente en el futuro. No podía permitir que esto pasara, supe que tenía voz para hablar igual que todos ellos, así que empecé a contestar cada una de sus dudas de manera tajante para que no siguieran: “No, no estoy loca, loco sería quedarme cuando ya no quiero”, “Voy a hacer mi vida con mi futuro esposo, allá veré cómo le hago para todo lo demás”, “Sí, estoy segura, llevo queriéndolo hacer desde hace 15 años”, “No tengo permiso de residencia, pero lo tendré”, “En cualquier lado podemos estar mejor o peor”, “Sí, pienso dejarlo todo, quedarme por miedo nunca me funcionó”, “Si no se puede que me quede allá, me vengo con Beto a vivir a México y ya”. Todos quedaron callados y optaron por desearme buena suerte. La ansiedad se fue junto con sus preguntas.

Así pude poner un alto a cada persona fuera amistad o familia que osara querer plasmar sus miedos en mí, ya no me iba a quedar callada. Aprendí a defender mis decisiones, y a escuchar la de otros sin que perjudicara mi pensamiento. Mi mente se sentía más fuerte y más sabia, iba por el camino correcto.

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