Octubre.

Era el primer día de curso de inducción en mi nuevo trabajo, y la nueva oleada de los que íbamos a entrar consistía de 3 mujeres y varios hombres. Las edades variaban por mucho y al principio, yo sólo podía escuchar a mi ego haciéndome berrinche por no haberle hecho caso y decidirme por el empleo con el que no se sentía grande; por otra parte, mi alma estaba emocionada de poder comenzar esta nueva etapa que me llevaría a la siguiente.

Decidí que no me iba a sabotear la experiencia por un ego herido, así que puse mucho esfuerzo en aprender y relacionarme con mis compañeros, lo cual me permitió formar nuevas y lindas amistades, haciendo mis días en ese lugar bastante divertidos y amenos.  Aún así, había situaciones donde dudaba de todo y la ansiedad hablaba más fuerte que de costumbre cuando las cosas no salían como quería, pero algo que me llamaba mucho la atención, es que cuando eso sucedía, un “recordatorio” se hacía presente; por ejemplo, si había sido una jornada dura salía un momento al patio para poder relajarme y tomar un poco de aire cuando a lo lejos se escuchaba un vallenato, o en la televisión de la cafetería preciso empezaba una canción de algún cantante colombiano. Eso era como una inyección de motivación y sonreía en confidencia conmigo misma porque sabía lo que eso significaba. Uno de esos días difíciles, se acercó alguien con el que apenas había cruzado unas pocas palabras, se abrió conmigo y me dijo que él sólo estaba ahí porque su sueño era volver a vivir en Playa del Carmen, y que solo estaba esperando ahorrar lo suficiente (inmediatamente me identifiqué con él) y sin que yo le pidiera un consejo, me dijo que me relajara, que confiara en los pasos que estaba dando, apagó su cigarro y se fue porque debía volver a su puesto. Me costaba creer lo claro que estaba siendo todo: al elegir seguir mi corazón, todo se me presentaba de manera concisa para validar mi decisión.

Dentro de mi equipo de trabajo pude aprender de mis compañeros todo tipo de matices de personalidades: algunos que vivían con miedo, tenían en común que no querían intentar algo más allá de lo conocido; otros, vivían el momento y fluían e iban donde la vida los fuera llevando; y uno de ellos, (con el que más disfrutaba platicar) solía viajar mucho por el mundo, contándome de manera precisa sus viajes y la cultura de cada lugar, haciéndome imaginar lo que sus ojos vieron; eso sí, jamás sin atisbo de ser petulante, sino con la humildad de alguien agradecido por haber experimentado todo eso.

Poco a poco fui pagando cada una de mis deudas, y dándome cuenta cuan enriquecedora estaba siendo mi experiencia en ese lugar. Me volví muy agradecida por cada peso que entraba en mi cartera, y con cada día que transcurría. La ansiedad pocas veces pasaba por mi mente y los ataques de pánico no volvieron a tocar la puerta jamás.

A mediados de Noviembre, mi mamá soltó la bomba al aconsejarme que comprara de una vez el boleto de avión aprovechando que ya contaba con ahorros. Yo estaba escéptica a creer que por fin había llegado el momento que hacía solo unos cuantos meses atrás parecía imposible de concretar. Lo compré para el 18 de marzo, llamé a Alberto y el tampoco podía creerlo,  reímos juntos de tanta felicidad de saber que estábamos más cerca de volvernos a ver. Por fin todo comenzaba a parecer real.

Hasta ese momento, muy pocas amistades sabían de mis planes para mudarme, pero había llegado el momento de dar aviso. Yo sabía lo que significaría y estaba preparada.

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