Ego.

Llegaba septiembre y yo necesitaba aterrizar un plan para poder conseguir dinero e irme con Alberto. Cuando me preguntaban qué tenía pensado hacer, sólo sabía que necesitaba un trabajo temporal y que pagara bien. Como siempre, la mentalidad de los demás tuvo como primera reacción decirme (o pensar) que eso iba a estar muy complicado, ya que esas dos características parecían ser mutuamente excluyentes.
La ansiedad también llegaba con temor a un futuro donde me quedara (como decimos en México) “Como el perro de las 2 tortas” es decir, sin haber tomado la gran oportunidad que rechacé, y a la vez sin haberme ido a ningún lado por estar mal económicamente.

Por suerte, mis ganas de estar con Beto eran más, y busqué con ahínco un empleo donde al menos el sueldo me permitiese pagar las deudas que tenía para ir cerrando ese ciclo en mi país y que estuvieran acostumbrados a la rotación de personal para que no tuvieran problema en que renunciara a los pocos meses: sonaba a una tarea imposible. Un día, mientras manejaba por una zona muy cercana a mi casa, vi que necesitaban gente. No lo pensé mucho y fui a ver de qué trataba el trabajo, me dieron la bienvenida junto con unos papeles y me dijeron que me atenderían en unos minutos.
Estaba en la sala de espera llenando unos formularios cuando empecé a llorar y a sentir ansiedad, ¿qué pasa ansiedad, por qué me visitas? me pregunté. La respuesta fue clara: el llanto era mi ego lastimado por estar a punto de entrar a un lugar que no tenía nada que ver con mi carrera, donde seguro sería mal visto por los demás. Este ego adolorado me reclamaba el para qué estudiar tantos años sino estaba ejerciendo, así como que a mi edad ya era preocupante que no estuviera en un gran puesto. La ansiedad se había hecho presente por estar pensando en el qué dirán, así como la posibilidad de un margen de error en las decisiones que estaba tomando. Respiré profundo, “todo esto es el medio para un fin, esta no es la vida que tendré, sólo es el camino que debo tomar para cumplir mi deseo” me repetía constantemente.

Cuando me entrevistaron, la chica de recursos humanos me explicó que justo necesitaban una vacante para una financiera, que los pagos eran con bonos en dólares y que el horario sería de 8 am a 4 pm. Haciendo cuentas, ¡iba a ganar más que en cualquier otro trabajo que hubiera tenido! Y lo mejor es que el trabajo estaba tan cerca de mi hogar, que el gasto en gasolina iba a ser mínimo, incluso podía ir en mis ratos libres si necesitaba algo. En un arranque de sinceridad le confesé que no pensaba quedarme mucho tiempo, ella comprendió perfectamente y me dijo que no había problema.
No podía creer mi suerte, todo lo que necesitaba se estaba presentando ante mí, fue cuando me di cuenta que es cierto cuando dicen que el universo conspira a tu favor cuando sabes qué es lo que quieres y luchas por conseguirlo (o al menos se te presentan las herramientas para tomar el camino correcto).

Estaba sumamente feliz y el miedo se cambió a emoción. La vida volvía a llenarse de metas, sueños, motivos.

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