La brújula de brújulas. Parte 2.

Bien, la decisión estaba tomada, iba a arriesgarlo todo por el todo. No iba a ser sencillo, pero lo único más difícil que nadar contra corriente de la opinión pública, sería volver a silenciar mis deseos.  Llevaba años haciéndolo, ya que siempre he tenido miedo de fallarle a las personas que amo, y en esa búsqueda tratando de satisfacerlos, había caído en un remolino de malas decisiones; llegando incluso a elegir mi carrera profesional de acuerdo a lo que pensaba que iba a parecerle bien a otras personas. He crecido así y solía culpar a otros de mi infelicidad, de todo contexto en el que yo no me sentía cómoda.
Poco a poco, fui aprendiendo que mi vida no podía ser una marioneta donde le dejaba a otros los hilos de mi destino. Estaba cansada de que terceras personas me contagiaran sus miedos, y que gracias a ello viviera de acuerdo a sus expectativas a costa de mi paz mental.

Así que esta vez sabía que estaba haciendo lo correcto, y estaba consciente de que me iban a llover críticas, empezando por mi familia. No pedí segundas opiniones (no las necesitaba) simplemente mandé un correo al que sería mi jefe explicándole la situación. Obviamente, eso no salió bien, él se molestó y trató de hacerme sentir culpa, pero yo ya estaba más allá de eso, sólo me debía lealtad a mí misma.
Avisé a Alberto que aceptara la oferta de trabajo que le habían ofrecido, y procedí a decirle a mi mamá lo que acababa de hacer, ella reaccionó como esperaba: desconcierto y temor porque me iba a perder esa “gran oportunidad”, me cuestionó que para qué me quería ir a Colombia, que allá no había trabajo, que mejor Beto se viniera a México; vamos, incluso habló con él para decirle que intentara hacerme entrar en razón, argumentando que mi título universitario iba a ser un desperdicio si dejaba todo y me iba. No la culpo, al final de cuentas cada quien tiene su criterio, cada cabeza es un mundo, y al principio ella no veía la importancia de permitir que yo eligiera el camino.
Mucha gente va a intentar convencerte de hacer algo (o no hacerlo) pero he ahí la importancia del auto diálogo sincero con uno mismo ¿Qué deseo? ¿Qué quiero? ¿Que me haría realmente bien? y si el mensaje es claro, entonces uno debe seguir adelante, porque cuando se llega a la vejez y no se hizo nada de lo que se quería, de nada va a servir culpar a otros.
Hay que agarrar el timón de nuestras vidas y dirigirlo a la isla que el corazón señala, o acabaremos en tierras en las que siempre nos sentiremos ajenos.
Al final mi mamá vio tanta decisión en mi, tanta vida en mis ojos, que optó por apoyarme por completo.

Todo estaba listo en cuanto a avisar a los demás mi decisión, lo que seguía sería la segunda e importantísima parte: conseguir el dinero. La ansiedad solo rondaba en ese entonces para susurrarme temores de no poder conseguirlo, pero la calmaba “diciéndole” que todo iba a fluir, y que por primera vez, haría lo que de verdad deseaba hacer.

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