La brújula de brújulas. Parte 1.

Cuando llegó Agosto, trajo con él nuevas esperanzas y una fuerza interior que hace mucho no sentía. Empezaba a considerar buscar trabajo, la idea de estar en una oficina (que unos meses atrás me había parecido imposible) sonaba agradable y me sentía preparada para volver. Sabía que varios meses habían pasado desde mi última experiencia laboral, pero no me arrepentía en absoluto de haberme dedicado a buscar apoyo para mi salud mental.

Mantuve en secreto este periodo “inactivo profesional” porque lo último que necesita alguien ansioso es que le estén llenando la cabeza de preocupaciones sobre lo que la sociedad considera que se “debe” o no hacer. Si algo me ha enseñado este trayecto, es cuánto estamos condicionados por lo que los demás dictan correcto o no, incluso si esto afecta nuestra salud o nos deprime. Intentamos encajar en moldes que sabemos desde un principio que no van con nosotros, haciendo que cada intento fallido nos hunda más hasta crear una concepción de nosotros errónea. En mi caso, yo sabía que contarle a otras personas que no tenían idea de la ansiedad, iba a resultar en miradas que silenciosamente iban a juzgarme.

En fin, pareciera que por ley de atracción (sin tener que buscarlo) una amiga me llamó para contarme sobre una vacante en la empresa donde ella laboraba. Era en una compañía de prestigio internacional y la vacante era algo completamente relacionado con mi carrera y crecería mucho como profesional si lograba quedarme.

En aquellos días, Alberto acababa de mudarse a otra ciudad de su país para estudiar un diplomado, por lo que no se encontraba trabajando. Algo que no he comentado, es que desde que lo conocí a los 13 años, había soñado con vivir junto a él en Colombia (que es donde él radica) y en el transcurso de esos 15 años que habían pasado de nuestra historia nos habíamos dedicado a imaginar cómo sería vivir esa experiencia. Bien, pues por cómo estaba la situación, pensé que al final todo sería al revés de como lo habíamos soñado, y que si me daban el trabajo acabaríamos viviendo en México. ¿Cómo explicar mi sentir? Estaba sumamente feliz por la simple idea de volver a verlo en cuanto él terminara ese diplomado, pero saber que probablemente nos estableceríamos en mi país, me tenía con cierto malestar y no me gustaba pensar mucho al respecto.

Comencé la ronda de entrevistas, y no sé si fue porque mi subconsciente no quería quedarse, pero estaba muy relajada en cada una de esas sesiones de preguntas. Me da un poco de risa visualizar toda esa imagen de seguridad que proyectaba ante los que me entrevistaron, cuando simplemente lo que pasaba es que a mi mente no le preocupaba que no me contrataran. Y es que tantos meses trabajando en mi bienestar mental, hicieron que mi cabeza empezara a aprender a respetar lo que mi corazón deseaba, y a dejar de prestar más atención a lo que otros querían para mí.
Cuando comenzó septiembre me dieron la noticia de que me iban a contratar, que después de revisar a otros candidatos querían quedarse conmigo; me sentí halagada y contenta porque mi ego estaba feliz, pero una parte mía (la más importante) estaba desilusionada ya que eso significaba decirle adiós por varios años más a mi sueño de alcanzar a Beto en sus tierras.

Cuando di la noticia de que me habían contratado, mi familia y amigos se veían orgullosos de mí, contentos de ese “logro”, pero yo no podía compartir esa alegría, sentí que una vez más, me había silenciado para complacer a otros ( y todos sabemos qué tastornos me trajo el actuar así).
Con todo respeto a lo que crea (o no crea) cada uno de ustedes, yo creo en Dios, en esa fuerza indescriptible de amor universal; así que oré mucho para que se me mostrara el camino, o qué al menos tuviera un poco de claridad mental sobre lo que debía hacer; sentía que era demasiado tarde para rechazar la oferta ya que habían invertido mucho tiempo en mí, incluso ya tenían todos mis papeles. Recuerdo pensar “Dios, una señal clara sería que a Beto le ofrezcan trabajo antes de que me hablen para decirme cuándo es mi primer día de trabajo”; para ser honesta, no pensé que así funcionara la oración y en el fondo me estaba preparando para empezar una nueva etapa laboral.

Al día siguiente (para mi incredulidad) Alberto me llamó para contarme que le habían ofrecido empleo pero que no les había dado una respuesta aún porque sabía que yo ya iba a empezar uno en México, y lo que menos queríamos era seguir alargando el tiempo separados. Boquiabierta, le conté sorprendida de la señal que había pedido el día anterior, y a la vez el gran miedo que tenía de declinar la oferta. Alberto, me hizo la pregunta que nadie me había hecho aún: “¿Tú qué quieres?”. Esa interrogante abrió todo un mundo de posibilidades y podía escuchar claramente mi voz interior suplicándome el no posponer más tiempo lo que siempre había querido hacer. Todo era claro.
“Quiero irme contigo, vivir en tu país como siempre lo soñamos”, respondí con una seguridad que llenó de calidez y alegría cada una de las capas de mi ser. Una oleada de bienestar liberó a mi cuerpo de la carga que había estado conmigo. Qué bien se sentía utilizar la brújula del corazón.

Continuará esta historia en otro post, para que no se haga tan largo. 🙂

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