Más allá… del miedo.

Dentro de todo este proceso, algo que ha acaparado horas de mi atención es el tema de la mortalidad. Todos esos ataques de pánico llevaban al mismo factor común: temor a morir o que un ser querido muriese. Empecé a pensar seguido en ello, por lo que a veces podía estar pasando una tarde tranquila con mi familia, o acostada al lado de mi mamá y abuela viendo la televisión, y me ponía a imaginar cómo sería si me faltaran. Empezaba a llorar sólo de sentir la tristeza tan profunda acercándose, y en el fondo me parecía inaudito que teniéndolas a mi lado pudiese permitirme pensar en esas cosas que no estaban sucediendo. Investigando un poco más sobre ello, resulta que la mente no puede distinguir cuando un pensamiento es real de cuando no, entonces si diriges tu energía en adelantarte a episodios que te lastiman, la mente lo sufre como si de verdad estuviese pasando. ¿Cómo podemos hacernos pasar por eso estando conscientes de que al hacerlo nos hundimos más en los trastornos mentales?

Personalmente, solía confundir pensar así con algo bueno porque “me permitía estar consciente de lo breve de la vida” pero lo que en realidad estaba pasando es que me estaba generando el efecto contrario. Tener en la mente que no estaremos para siempre es bueno solo mientras sea un recordatorio para disfrutar más cada momento, no para temer vivir. Y es que tanto pensar que podía morir en cualquier instante me generó nuevos miedos, y cualquier plan que involucrara salir de mi casa me ponía a reflexionar de que había probabilidad de que no volviera. Era una lucha constante con mis avances de la ansiedad porque por 3 pasos que daba, retrocedía uno cuando me daban mis crisis existenciales. Todo me lo cuestionaba: ¿Para qué estamos aquí? ¿Para qué todo esto? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Si no la hay, qué sentido tiene todo? y es ahí cuando tocaba a la puerta la depresión.  Mi mente quería sanar pero todas esas preguntas me generaban huecos donde se escapaba el bienestar que iba adquiriendo.

Un día de aquellos decidí que ya era suficiente, no podía seguir saboteando mi progreso así. Me hice ver que sí, que todos vamos a morir algún día, y una de esas iba a tocarme a mí o a las personas importantes que amo, y no iba a poder hacer nada al respecto; además de saber que vivir encerrado evitando “el peligro” no te asegura más tiempo de vida. Dejar este mundo te sucede en cualquier momento y lugar, no hay forma de “esconderse” o “alargar” nuestro tiempo aquí: lo único que tenemos en nuestras manos es con qué calidad queremos vivir ese tiempo dado; que si había algo después de esta vida sería (a mi parecer) maravilloso y si no…pues fríamente hablando ¿cómo sufrir por algo que no existe desde la no-existencia/consciencia?  Que si no me quita el sueño saber si tuve una vida antes que ésta, entonces ¿por qué preocuparme por lo que pasa después?
Me prometí que el día que muera (que puede ocurrir en este instante o en 100 años) tengo dos opciones: 1) que la muerte me encuentre disfrutando mi vida, o 2) que me encuentre con miedo de haber vivido. Así fue como empecé a dar el primero paso a dejar descansar mi mente de ese tema. Utilicé la misma forma de pensar cuando temía por mis seres queridos, preferí aprovechar cada oportunidad con ellos (me volví una cursi que casi todo el tiempo les dice cuánto los quiero).

Hay momentos donde aún pasan por mi mente estos viejos miedos, pero ya tengo el escudo que me ayuda a librar cada una de esas batallas, después de todo, la ansiedad es mi recordatorio principal de que lo único en lo que debo enfocarme en sentir…es el ahora.

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