Hold the wheel and drive.

Algo que he disfrutado desde mucho tiempo atrás es manejar, el hecho de tomar el volante, poner la correcta selección de música y relajarme, me encanta. Hasta en el tráfico he sabido encontrarle el gusto a esa actividad; sin embargo, cuando me dio un ataque de pánico en el coche, empecé a evitar hacerlo. Comencé por negarme a manejar largas distancias, y poco a poco ya no soportaba ni siquiera ir a la tienda más cercana.

Tengo una amiga que quiero mucho y que vive del otro lado de la Ciudad de México, ella es del sur y yo del norte. Una de las tantos factores en común que me acercaron a ella es que ambas padecíamos ansiedades muy fuertes. Cuando quedábamos de vernos, lo hacíamos en un punto “medio” aunque para ambas seguía siendo lejos. Yo tenía muchísimas ganas de verla pero no tenía dinero para un taxi y no me sentía tan fuerte como para tomar transporte público, así que decidí manejar.
Mi mamá no estaba muy convencida “¿Y si te da un ataque en plena avenida?” y lo único que se me ocurría contestar es que si eso sucedía, me iba a orillar para tomarme las pastillas de san Juan, respirar y tratar de calmarme. Ella seguía un poco indecisa, pero entendió que si yo seguía evadiendo actividades, siempre estaría acompañada por el miedo.

La ida me fue muy bien, sobretodo la alegría de conversar con ella mantenía mi mente ocupada y motivada. Una vez allí, pudimos disfrutar de un café en un parque mientras caía la tarde; ella me contó que estaba empezando un tratamiento con ansiolíticos, yo le comenté que a veces también me daban ganas de recurrir a ellos pero que primero iba a intentar con otros métodos. Fue una tarde muy agradable y me pude sentir segura de manejar de regreso, las horas se me habían pasado muy rápido.
Iba muy bien camino a casa, hasta que llegué a una parte del recorrido donde tenía que pasar por un túnel y que para mi mala suerte era hora pico. Oscuridad, tráfico, sonidos de claxon aquí y allá, todo era un caos. Mi brazo izquierdo empezó a dolerme y no podía orillarme por que estaba en el carril de en medio. Le marqué a mi mamá angustiada, ella sabía que de lejos lo único que podía hacer era apoyarme y recordarme las lecciones sobre la ansiedad que yo le había estado compartiendo. Puse música tranquila, me tomé una pastilla de San Juan, inhalé profundo y exhalé aún más. Me repetí que todo estaba bien, que antes había pasado por trancones en muchas ocasiones y que solía verlo como una forma de disfrutar el tiempo conmigo misma, que sólo era un túnel sin peligro alguno. Recliné un poco mi asiento y apreté todo el cuerpo para después soltar esa energía. Poco a poco fui recuperando el control y pude salir bien de ese encuentro con la ansiedad. Esto me ayudó a que el miedo que tenía a que me sucediera un ataque en el coche se fuera, ya que al haberlo enfrentado y salido adelante, se convirtió en el argumento sólido que necesitaba mi mente para dejar de verlo como una amenaza.

Pongámoslo metafóricamente así, la mente es la novia y uno mismo es como un novio que le ha fallado, puedes endulzarle el oído con palabras, pero lo que logra realmente convencerla, son las acciones.

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