Mejor afuera, que adentro.

El ser humano se ha dedicado a reprimir las emociones, como si eso fuese algo malo.¿Cuántas veces sentimos la presión de presentar cierta cara a los demás y catalogamos como algo “malo” manifestar lo que en verdad estamos sintiendo? Debe de quedar muy claro que acumular emociones termina por generarnos ansiedad; ya que como lo mencioné en mi primer post, la mente se acaba por atascar de todos esos residuos.

Antes que nada debemos aprender a conocernos, eso es el primer paso, que no te de pena el autodiálogo. Conversa contigo mismo, ¿cómo te sientes? ¿qué te hizo sentir mal? ¿qué te hizo/hace feliz? ¿en qué momento te dio/da ansiedad?  Consiéntete, ámate. Si te equivocas recuerda evitar a toda costa atacarte, tente paciencia, compréndete.
Un buen ejercicio para poder conocerte más, es escribir al final del día cómo te fue, y reflexionar qué pudiste hacer para mejorar el trato que te das.

Una vez que puedas observar de manera más clara quién eres puedes encontrar la forma más eficaz de canalizar tus emociones, por ejemplo, si sientes molestia/enojo/coraje antes de ser impulsivo y reaccionar de manera que acabe por afectarte más, lo mejor sería optar por salir a tomar aire, escribir, llorar, en fin, pregúntate en ese momento qué necesitas para utilizar de manera inteligente lo que sientes a tu favor. Pero NO estanques lo que estás sintiendo.

El autodiálogo también es un coach muy bueno para cuando tenemos ataques de ansiedad. Esa voz interna es la que debemos entrenar para hacerse fuerte, aquella que nos recuerda que todas las amenazas que creemos reales, no lo son; así como también nos puede ayudar a ver como una aliada a la ansiedad al hacernos ver qué es lo que estamos pensando de más.  Una vez que aprendamos a escucharla, es ella quien nos mantendrá tranquilos si tenemos síntomas y las que nos mostrará el camino para poder salir de ese episodio desagradable.

Del consejo que más me costó trabajo poner en práctica pero que más me ayudó, fue el no detener lo que uno está haciendo al tener un ataque de ansiedad/pánico ya que al hacerlo, le damos el poder suficiente como para que empiece a ganar terreno en nuestra vida. Al principio me reí de incredulidad, claramente creía que era imposible, pero decidí intentarlo. La primera vez en que pude aplicarlo estaba hablando con mi hermano, cuando comencé a sentir el dolor agudo en el pecho que normalmente terminaba en ataque de pánico junto con la creencia de una posible muerte inminente.  En esa ocasión al sentir el aguijonazo de dolor, me imagino que mi rostro cambió porque mi hermano me preguntó si estaba bien y que si quería tomarme un respiro; le dije que no, que él continuara con su relato no importando qué expresiones yo hiciera. Fue toda una experiencia tratar de concentrarme en la plática y no en la molestia o en la voz oscura de mi mente que quería gritarme sus miedos, pero lo logré. Fue maravilloso ver que eso no terminó en un ataque de pánico y que los síntomas duraron poco.

Poco a poco, paso a paso, defendemos nuestro territorio. Como diría mi abuelo, “El valiente vive hasta que el cobarde quiere”.

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