Ansiedad Amiga

Es frustrante estar sin internet, me gusta tanto venir aquí y poder cumplir con un post diario al menos entre semana, que cuando fallo en hacerlo por este tipo de causas me entristece. Más aún cuando lo que sigue para compartir es la columna vertebral de este blog.

Bien, uno de los temas a tratar en “Vive sin Ansiedad” es la reflexión. Esto es importante porque permite mirarnos desde afuera para poder observar y analizar qué es lo que estamos viviendo, las causas y los momentos en los cuales nos suceden ciertas situaciones. Quiero dejar muy claro que el hecho de saber qué podemos corregir cuando lo identificamos, no significa que nos auto ataquemos. La manera de empezar a modificar nuestro comportamiento erróneo será con la misma paciencia y amor con la que se educa a un niño pequeño.

Cuando me puse a reflexionar sobre los momentos exactos cuando me daban ataques de ansiedad o de pánico llené toda una hoja donde el factor común era el terror hacia el futuro. Sobretodo, porque mi mente empezó a adquirir una capacidad bastante digna de Hollywood de crear los peores tipos de escenarios: si me dolía la cabeza, yo me temía una meningitis, si me perdía en la ciudad, me imaginaba asesinada por haberme metido en la peor y más peligrosa cuadra, si me daba tos, me hacía imágenes en la cabeza de una pulmonía que me iba a hacer ingresar a un hospital; y peor aún, yo sin un peso para poder costear nada de eso. Y esos solo son algunos de los muchos momentos fatalistas que temía vivir. Me di cuenta que el miedo se manifestaba de manera más agresiva cuando el escenario terrible en cuestión involucraba a un ser querido: si alguien no contestaba o tardaba en llegar más de lo que yo creía que era normal, la ansiedad y el pánico era tan fuertes, que de haber tenido una píldora para dormir al instante, me la hubiera tomado sin chistar. Y es que la mente sufre como si todo lo horrible que imagina uno fuese real. Siempre es duro ver todo el daño que se hace uno mismo, pero es importante abrir los ojos.

El momento que considero por llamarlo de alguna forma, “iluminador” fue cuando me di cuenta que por mucho que odiara sentir ansiedad, en verdad debía sentirme agradecida con ella. No podía creer estar pensando eso porque en ningún lado he visto que se debe ser agradecido con la llegada de este trastorno. Pero para mí, la ansiedad hacía la labor de una “amiga” que te hace saber cuando te estás haciendo daño. Todos esos años, tratándome mal, dejándome pisar, saturando a mi mente con preocupaciones sin sentido, tenían que parar algún día. Si yo no hubiera empezado a sentir ansiedad, seguiría en el mismo y tóxico estilo de vida que llevaba, y a la larga eso me iba a traer consecuencias terribles. Estaba viviendo en automático, en algún momento de mi paso de la niñez a la adultez, dejé de disfrutar el hoy y empecé a temer por el futuro. La ansiedad vino a mostrarme lo indescriptiblemente importante que es vivir el ahora, que es LO ÚNICO QUE ESTÁ SUCEDIENDO Y LO ÚNICO QUE TENEMOS.  Mi perspectiva hacia ese “trastorno” entonces cambió radicalmente ¿Cómo no voy a a dar gracias si ahora cada que siento los síntomas de ansiedad, es un aviso de que no estoy disfrutando el ahora? Dejé de temerle cuando me di cuenta de esto, y estaba feliz de poder hacer las paces con quien consideraba antes el enemigo. Claro que nunca es fácil ni agradable lo que sucede cuando ella llega, pero si reflexionamos el por qué está ahí, podremos ver que quizá sin darnos cuenta (o quizá sí) estábamos pensando en el futuro de más, desconectando nuestra mente y cuerpo del hoy y el ahora. Una vez que reconectamos al presente, su presencia disminuye notablemente. Por eso el nombre del blog. Tomar la mano de la ansiedad y dejar que te muestra el por qué de su llegada te cambia la vida para bien y para siempre.

Hay mucho más en el camino que esta revelación, pero por el momento lo dejo aquí, con la esperanza de que puedan considerar que a veces quien menos creías es quien llega en realidad a tu rescate.

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