El criollo y mi corazón.

Cuando Alberto se devolvió a su país, me enfrenté a lo que restaba de Mayo en muy malas condiciones. Con su partida, el vacío de enfrentar los ataques de pánico sola (aunque él estuviera al pendiente de mí a la distancia) me quitaron la motivación. Había llegado un punto donde me daban tan seguido que no quería ya salir por temor a que me diera uno en cualquier momento. Empecé evadiendo las reuniones con mis amigos, y terminé tratando evitar salir de mi casa por completo. Esto hizo que eventualmente empezara a deprimirme mucho. Estaba ya a merced de mi cabeza y su catarsis.

El no salir y deprimirme hizo que ya no me dieran ganas de bañarme “¿para qué me baño si ni voy a salir?” pensaba. Mi familia y mi novio estaban cada vez más preocupados por mí. Incluso mi abuelita solía ponerse nerviosa si veía mi puerta cerrada.
Tener un trastorno mental es horrible porque son heridas profundas que nadie puede ver: uno sólo las padece sin poder explicarlas. Había veces donde hablando por teléfono con Alberto tenía que colgar porque el ataque de pánico era tan fuerte que sólo podía  revolcarme y llorar rogando que se pasara pronto. Tenía tantas ganas de hacer algo para curarme y sin embargo no lograba saber de qué manera comenzar.

A mediados de Mayo llegó un cachorrito criollo de lo que parecía ser la cruza de de un french poodle con maltés. Yo no quería adoptarlo porque si no podía hacerme cargo de mí misma, ¿cómo iba a cuidar de alguien más? Mi mamá insistió en que aceptara el reto y si bien no me sentía capaz de hacerlo, al verlo tan indefenso acepté. Al principio no fue fácil, al contrario, me parecía frustrante los intentos fallidos de enseñarle a hacer sus necesidades en el patio y por lo tanto tener que estar al pendiente para limpiar.

Fue mi mamá quién me hizo ver el primer paso que estaba dando, el cual fue que Copito estaba haciendo que me levantara de la cama. Cuidar de alguien siempre es un motivo para tener que, aunque la mente no tenga ganas. Poco a poco mi corazón se abrió a un amor muy grande; parecía que mi perrito sabía cuando acababa de tener un ataque porque se me pegaba para dormir a mi lado, o me hacía reír con sus locuras. Gracias a él despertó una unión muy fuerte y emocional con los animales, pero esa es otra historia.

El primer paso estaba dado: levantarme. Así que a la semana siguiente tomé mi computador, un vaso de agua y formalmente me senté a buscar el remedio a mi situación.
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