Beto, yo y mis otros yo’s

Comenzó Abril y con él, la felicidad inmensa de que mi gran amor llegaría el día 18. A pesar de esto, las cosas en mi mente seguían empeorando. Siendo completamente sincera, desde que vi que iba a necesitar dinero para las terapias perdí interés en investigar cómo ayudarme, simplemente (como lo mencioné anteriormente) quise ignorar lo que me estaba sucediendo. Quería hacerme de la vista chica al hecho de que esos trastornos estaban dañando poco a poco y de manera preocupante mi calidad de vida.

Cuando Alberto llegó a México, yo lo esperaba en el aeropuerto con el corazón en la garganta. Hacía 10 años desde la última vez que lo vi en persona. ¿Qué pensaría al encontrarse con mi rostro el cual reflejaba los azotes a los que estaba sometida por mi mente? ¿dejaría de parecerle atractiva al verme en pleno ataque de pánico?

En cuanto él salió de migración me abrazó como si no hubiera pasado el tiempo. Tuve esperanza al ver que me miraba como la primera vez y sentí una felicidad que hace muchos años no experimentaba.
Dos días después fue cuando sucedió.  Estábamos mi mamá, mi prima, mi hermano, Alberto y yo platicando tranquilamente, cuando sentí esa agitación que anunciaba el ataque de pánico. Tuve terror de que presenciara aquello. Los mismos síntomas de infarto me paralizaron, así que fui (como era ya mi ritual) a que mi mamá me abrazara en lo que se me pasaba la crisis. Yo solo podía pensar que seguro tenía tan mala suerte que me iba a morir justo ahí (quien ha sufrido un ataque de pánico comprende que esa es la principal emoción) y que iba a perderme de la felicidad de estar al lado del amor de mi vida. Una vez que terminó el episodio terrible, me sentí tan avergonzanda de presentar ese espectáculo que estaba esperando ver el rostro de él decepcionado. Pero no…Alberto me abrazó y se aseguró que yo estuviera bien.
Aún me sigo cuestionando cómo logré en esa época enfrentar las situaciones que sabía desencadenarían la ansiedad; por ejemplo, uno de los más grandes miedos era manejar a lugares desconocidos, sin embargo, lo hice. Las cosas que hacemos por amor…

Sin embargo, cada salida al museo, al cine, o a cualquier lado, me azotaba con ataques de pánico y eso dañaba las salidas que tenía programadas con mi novio. Una noche le dije a Alberto totalmente quebrada que ese trastorno iba a terminar por deshacerme. Fue cuando él me dijo la frase que me despertó “Te conozco desde hace 15 años y jamás habías tenido esto. Así como un día llegó se irá”. Me di cuenta que esa verdad era la que me iba a salvar. Yo no nací con ansiedad, yo no crecí con ataques de pánico. Uno no nace, se hace…y si se hace, hay alternativa de deshacer. Pude observar que no basta con saber quién es el enemigo, sino saber cuáles son tus armas contra él. La clave en ese proceso es recordar quién es uno mismo, y así, como en las películas de acción, ponerse la armadura e ir a la guerra a salvarse de ese trastorno que nos tiene secuestrados.

Así que lo tenía decidido. Iba a dar batalla, con dinero o sin dinero. Mi mente es mía. No se la iba a dar para siempre a dos inquilinas indeseables que acababan de llegar.

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