No hay dinero, no hay ayuda.

Mientras estuve desempleada viví cosas muy bellas y muy duras. Entre lo más lindo que me pudo suceder fue que en Febrero 2016 mi primer y gran amor volvió a mi vida: Alberto. Él y yo hemos tenido una historia intermitente de 15 años (ya que vivíamos en distintos países), y a ambos se nos presentaron muchos obstáculos a lo largo de ese tiempo que nos impedían estar juntos.  Así que cuando él me dijo que estaba decidido a ir a verme a México y formalizar de una vez por todas esto que hemos sentido desde que nos conocimos; mi motivación volvió, sentí una alegría súbita y hermosa, llegando a pensar que mágicamente sanaría todo lo que estaba roto dentro de mí. Pero me equivoqué. La ansiedad se estaba apoderando de mí, y los ataques de pánico eran cada vez más frecuentes. En mi casa todos seguían diciendo que yo podía combatirlo simplemente pensando positivo, así que en mi desesperación recurrí a internet, buscando por medio de los síntomas qué era lo que me estaba pasando. Cuando por fin pude ponerle nombre a ese infierno; comprendí que esas sensaciones de estar alerta, incómoda, acelerada y esperando lo peor se le llamaba ansiedad y que cuando sentía que me estaba dando un infarto,desmayo, sensación de irrealidad; era la ansiedad mostrándome el peor de sus rostros llamado ataque de pánico.

Entendí que no era la única gracias a gente que compartía sus experiencias con el trastorno, y fue la primera vez que me sentí comprendida. Llamó mi atención que en todas esas páginas recomendaban ir al psicólogo/psiquiatra. Eso me dio más ansiedad porque mi situación económica estaba mal. No podía pagarme las sesiones, así que decidí esperar a ver si se me quitaba con el tiempo. Además, en el fondo pensaba que al haberme salido de trabajar se me iban a quitar esos trastornos; que quizá sólo era demasiado estrés lo que tenía acumulado. Creí que descansando de lo laboral después de un tiempo todo volvería a la normalidad.

Pésima decisión.   Los ataques paralizantes de pánico empezaron a manifestarse en varios lugares que consideraba “seguros”. Comenzaron a devorar momentos que solía disfrutar mucho, así estuviese tranquila o en compañía. Antes, esos ataques me daban una vez por semana, después empezaron a aparecer diario.

Mi vida estaba derrumbándose frente a mi y no tenía dinero para que me ayudara un especialista. Mi familia no comprendía nada y mi pareja estaba preocupada por mí. Acerca de este último tema, algo que me tenía muy triste era pensar en el reencuentro con mi novio después de tantos años. Tantas veces soñé ese momento, y nunca cupo en mi imaginación que en la vida real, él vendría a encontrarse con mi rostro atormentado y cansado. Me ponía mal sólo de saber que en su estancia en México, él sería testigo de lo que hacían la ansiedad y los ataques de pánico conmigo.

Fue ahí cuando pensé que iba a tener que aprender a convivir con esos fantasmas, pero en el fondo yo sabía que no era posible y la sola idea de tenerlos como eternos acompañantes me parecía aterradora.

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