La peor de todas.

Desde esa última vez no había vuelto a sentir ansiedad o ataques de pánico hasta que llegó Noviembre 2015.
Muchas cosas habían sucedido desde Julio de ese año: una mezcla dolorosa compuesta de haber tenido que renunciar al trabajo que amaba, terminar la relación con mi ex pareja y como cereza en el pastel: un pleito fuerte y lastimoso con mi papá.
El no haber tenido la cabeza clara debido a esto, me hizo tomar decisiones erróneas, entre ellas, aceptar la oferta de una empresa nueva que no me hacía feliz. Poco me puse a reflexionar sobre si antes de aceptar otro trabajo necesitaba tiempo para sanar el corazón y la mente.

Ese día terrible transcurría normal. Yo ya había acabado de hacer los pendientes del día y me puse a revisar el celular. De pronto, empecé a sentir euforia. Los latidos se aceleraron, me incomodé. Dejé el móvil a un lado, y me quedé quieta. El dolor agudo en el pecho regresó, más fuerte que nunca, acompañado de calambres en el brazo izquierdo. Recordé que la última vez que me pasó eso acabé en el hospital y me había dicho el doctor que todo era mental. Traté de que eso me tranquilizara, pero no. Me levanté, salí de la oficina muy asustada y me sucedió algo que jamás me había pasado: mientras caminaba, cuando observaba cualquier cosa; sentía como si estuviera muy alejada de la realidad.  Era como transitar en una amenazante dimensión desconocida. Es difícil de explicar, pero todo se veía como en un sueño. No me sentía parte de ese momento. Fue ahí cuando me llegó un mareo muy fuerte y pensé que me iba a desmayar en cualquier instante. No quise quedarme en la calle porque si me desmayaba era peligroso quedar a merced de desconocidos. Volví a la oficina y me encontré con quien era mi jefa y un compañero de trabajo los cuales estaban mirándome preocupados. “Te ves muy pálida” me dijo Pao (mi ex jefa), mientras pedía que le trajeran un algodón empapado en alcohol para mí.

Me senté en el piso y el malestar seguía con la misma intensidad. Hablé con mi mamá, le dije que iría a la casa.  Pao no quería que me fuera manejando, quería pedirme una ambulancia. Me sonrojé tan solo de imaginarme explicándole que lo más seguro es que todo fuese mental.  (No sabía aún que lo que padecía era un trastorno, pensaba simplemente que era loquera mía)

Ya en el coche, mientras conducía, me empezó a cosquillear el rostro. “Solo me falta eso, una parálisis facial pensé con pavor.   En cuanto llegué a mi casa pedí que me tomaran la presión y salió bien. Mi mamá (que también desconocía qué me sucedía) sólo me repetía sin parar “tranquila, es tu mente, relájate” (como si fuera tan fácil). Mi mente estaba hecha una nada. ¿Cómo podía hacer frente a un monstruo que no podía ver? Me hice bolita en la cama, lloré, me aferré a las sábanas. Sin exagerar, se sentía físicamente como si fuese a morir. Deseaba que terminara ese suplicio de una manera u otra: estando ya bien o acabándome de morir, pero ese intermedio era un verdadero infierno. Tener un ataque de pánico es estar siendo torturado por tu cuerpo, del cual no puedes salir.

Ya no quería volver al trabajo, pero sabía que debía hacerlo. En ese momento supe que estaba quebrada, pero no tenía idea de qué paso tomar para enmendarme.

Los días siguientes fueron muy duros. Sentía que todo me estaba saliendo mal. Mi vida estaba siendo sacudida y tener que lidiar con un enemigo desconocido en mi cabeza no ayudaba nada. Camino al trabajo, en los descansos, de regreso a mi casa y ya en ella, lloraba mucho.

Supe que necesitaba sanar, o me iba a acabar por romper completamente.

Renuncié.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s