Ella venía acompañada.

A principios del 2015, recuerdo estar muy relajada en mi cuarto platicando con una amiga por whatsapp, nada me tenía alterada en ese momento. Era de noche, y estaba ya en pijama cuando empecé a sentir cómo se alborotaban los latidos de mi corazón. Me pareció raro, pero traté de seguir en lo que estaba.
De pronto, me empezó a doler el brazo izquierdo junto con un dolor súbito en el pecho. Como si me clavaran una aguja. Me asusté. Empecé a sentir náuseas, sudor frío recorría mi espalda y comenzó un dolor de cabeza que empeoró los malestares. Jamás me había pasado. Corrí al cuarto de mi mamá a contarle, ella inmediatamente le marcó a la doctora de la vez anterior (ella es muy allegada a la familia además de ser excelente médico).

Mientras eso sucedía, recuerdo que mi mente me trajo el doloroso recuerdo de mi abuelo materno que en 2011, mientras esperaba abordar el avión junto con mi abuela a la Ciudad de México (después de un alegre paseo por Las Vegas) sufrió un infarto fulminante que se lo llevó dejándonos a todos con un dolorosísimo hueco. Bien, mi cabeza estaba estaba convencida de que me iba a suceder lo mismo. Cuando mi mamá colgó me miró preocupada y me dijo que la doctora le había dicho que ese cuadro de síntomas no le gustaba nada, que fuéramos a urgencias.

Al llegar al hospital, la enfermera al escuchar la razón de por qué estaba ahí, también pensó que me estaba infartando. Recuerdo a todos movilizándose para hacerme un electrocardiograma, yo no podía creer todo eso, me imaginé lo peor.
Estaba muy asustada esperando los resultados del estudio, cuando volvió el doctor para decirme extrañado que mi corazón estaba bien, que no entendía por qué tenía todos esos síntomas. Me hizo varias preguntas sobre si llevaba una vida estresante, y la verdad no me pareció que lo fuera tanto como para que me pasara todo aquello. Al final, el médico diagnosticó que todo fue mental.

Salí de urgencias con la mente más confundida que nunca. Les conté a mi mamá y abuela (vivía con ellas) lo que me había ocurrido y ellas estaban tan extrañadas como yo. Muchos pensamientos me atormentaron ¿Me estaba volviendo loca? Si bien estaba contenta de que no fuera algo de gravedad, ¿cómo pude sentir todos esos dolores físicos y que me dijeran que era algo mental? Me puse a llorar.

Al llegar a mi cama sólo me invadía una sensación: el miedo. Miedo a que me volviera a pasar, miedo a que tuviera mi mente ese poder de hacerme sentir dolor y sensaciones físicas tan desagradables, miedo a que algo desconocido me estuviera sucediendo. Me quedé dormida dándole vueltas a todo ello, con el corazón aún latiéndome rápido.

Muy poco sabía entonces de que aquella noche la ansiedad había llegado acompañada. Ese fue el primer ataque de pánico que llegué a sentir, pero en ese momento yo ni siquiera sabía que ese cruel visitante tenía nombre (y que había llegado para inaugurar una de las etapas más duras de mi vida).

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